Muy pocas veces sucede, pero sentía los síntomas del resfrío: escalofríos en diversas partes del cuerpo y un leve dolor de cabeza, la solución: una buena frotada y reposo.
Para la frotada nada mejor que la receta de mi abuela: alcohol con metilo, alcanfor y una pizca de zepol. Como complementos, bay rum y un periódico en la espalda para dormir.
Aproveché que aún estaba abierta la farmacia para comprar los ingredientes. Todo normal, hasta que se me ocurrió preguntarle a la farmacéutica de turno por las implicaciones químicas de revolver aquello.
-Pues mire, de casualidad ahora estoy estudiando química y déjeme decirle que revolver eso es como preparar una bomba.
-Y si además la pongo al fuego ¿qué?.
-Ni Dios lo permita, generará una conflagración de inciertas graves consecuencias.
Pagué, me vine a casa y olvidé el lado pesimista de la profesional (Que al salir llamó inmediatamente a mi sobrino-compadre, también profesional farmacéutico para advertirle del posible peligro inminente en que podría encontrarme) y seguí los pasos que me enseñó mi abuela: Ni reacción química fuera de lo normal, ni explosión, ni conflagración, tan solo una sensación de calorcito en la espalda, el pecho, las corvas de las manos y de los pies, en la planta de éstos y un agradable olor que bajaba de la cabeza por el bay run. Todo ello unido al reposo del siguiente día como complemento clave alejaron aquel resfriado de mi cuerpo y así como nuevo.
Lo único es que en la piel de mi espalda se leía: "Al fin renunció el Ministro Zumbado de vivienda".
Aproveché que aún estaba abierta la farmacia para comprar los ingredientes. Todo normal, hasta que se me ocurrió preguntarle a la farmacéutica de turno por las implicaciones químicas de revolver aquello.
-Pues mire, de casualidad ahora estoy estudiando química y déjeme decirle que revolver eso es como preparar una bomba.
-Y si además la pongo al fuego ¿qué?.
-Ni Dios lo permita, generará una conflagración de inciertas graves consecuencias.
Pagué, me vine a casa y olvidé el lado pesimista de la profesional (Que al salir llamó inmediatamente a mi sobrino-compadre, también profesional farmacéutico para advertirle del posible peligro inminente en que podría encontrarme) y seguí los pasos que me enseñó mi abuela: Ni reacción química fuera de lo normal, ni explosión, ni conflagración, tan solo una sensación de calorcito en la espalda, el pecho, las corvas de las manos y de los pies, en la planta de éstos y un agradable olor que bajaba de la cabeza por el bay run. Todo ello unido al reposo del siguiente día como complemento clave alejaron aquel resfriado de mi cuerpo y así como nuevo.
Lo único es que en la piel de mi espalda se leía: "Al fin renunció el Ministro Zumbado de vivienda".
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