May 15, 2008

DE LA CRÍA DE PATOS AL RESTAURANTE EL CAS

23 de abril de 2008

Tuve la dicha de coincidir desde mis años de estudio escolar con Juan Carlos Irola, con quien he cultivado una gran amistad. Esa amistad nos llevó en una oportunidad ha plantearnos la necesidad de incursionar en alguna actividad productiva. Como don Chico y doña Tere, padre y madre de Juan Carlos, eran los dueños entre otros terrenos de una finca dedicada a la producción de chayote en Ujarrás, precisamente contiguo a los terrenos donde se encuentran las famosas Ruinas, y dado que por él pasa un hermoso y tranquilo riachuelo que nace a pocos cientos de metros, se nos ocurrió pedir permiso para poder utilizar un pedazo de terreno para criar patos.
Sin muchos conocimientos de hidráulica, rápido hicimos una desviación del riachuelo, construimos una pileta y cercamos un pedazo con cedazo.
Era la década de los setenta, estábamos en secundaria.
La abuelita de un compañero de colegio y también amigo tenía patos. Nos vendió dos patas y un pato. Era mayo. Jueves en la tarde. Había comenzado nuestra aventura empresarial.
El sábado siguiente en la tarde llegó Quito, el hermano de Juan Carlos, con las dos patas y el pato a Paraíso. Los había rescatado de una mata de chayote donde se habían refugiado, pues nunca había llovido tanto y se había llenado de agua aquel riachuelo, que de la pileta solo quedaron unos cuantos blocks y el cedazo estaba haciendo presa en la cerca que dividía la finca de don Chico y doña Tere de la finca de doña Josefa.
Ahí terminó, en dos días, nuestra aventura empresarial, y los sueños de convertirnos en los principales suministradores de carne de pato para los incipientes supermercados existentes en aquella época.
Hoy, precisamente donde estuvo la pileta de los patos, Quito tiene estanques para el cultivo de tilapia, que expende en su Restaurante el Cas ubicado ahí mismo, especializado en venta de comidas muy paraiseñas gracias a la excelente cuchara de su esposa Alba y a la esmerada atención que le brindan a los comensales sus hijas.
No sé si fue más visionario Quito que nosotros, oh que alguna fuerza divina algo anunció, mandando aquel diluvio de agua a tan solo dos días de haber arrancado nuestra aventura como empresarios criando patos.

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